aloe vera, historia y leyenda
Superstición o no, también en África la tribu de los sutos solía compartir un baño de aloe, en un encuentro general del poblado, cada vez que sentían la amenaza de una epidemia de gripe, que en muchos casos podía llegar a ser mortal. Otro pueblo de África del Sur, los bantúes, conocían más de veinte especies diferentes de aloe que eran utilizadas para curar resfriados, heridas e inflamaciones, infecciones de los ojos, hemorroides, enfermedades venéreas y todo tipo de problemas intestinales.
El aloe en la literatura médica occidental clásica
En la literatura médica occidental, la primera vez que se hace expresa mención del aloe fue a principios de nuestra era, cuando el médico griego Paracelso recogía en su obra De Materia Medica las propiedades curativas atribuidas a esta planta por la cultura árabe, básicamente como remedio contra los desórdenes intestinales. Pero la gran aportación desde el punto de vista terapéutico aparecería más tarde, con la publicación del Herbolario Griego de Dioscórides, que hasta muy recientemente ha sido considerado como la obra botánica medicinal más importante de nuestra cultura. Entre sus cualidades, se señalaba su capacidad para cicatrizar las heridas y tratar las inflamaciones, desde las amigdalitis hasta los problemas de hemorroides, pasando por el cuidado de las encías, la boca y la garganta. También se consideraba un buen remedio contra la calvicie, para detener las hemorragias, el dolor de cabeza y las molestias de los ríñones, así como para curar cualquier alteración de la piel, desde la sequedad a las ulceraciones, pasando por las manchas producidas por el sol o la edad, las picaduras de insectos, las ampollas o las quemaduras accidentales. El médico griego Dioscórides solía acompañar al ejército romano en sus conquistas, y así fue como tuvo la oportunidad de desarrollar sus conocimientos médicos y en especial las variadas aplicaciones de la famosa "Lily del desierto".
La Historia Natural, también conocida como Historia de las plantas, de Plinio, que era escrita por aquella época en Roma, venía a coincidir con las conclusiones de Dioscórides, añadiendo, entre otras aplicaciones, que tenía el poder de reducir la transpiración e incluso de curar ciertas ulceraciones de la piel producidas por la lepra. Plinio también especifica cómo en muchas ocasiones el aloe era mezclado con otras sustancias (concretamente con miel y aceite de rosas), en un intento de hacer su olor más agradable en las aplicaciones externas, o bien de compensar su sabor amargo cuando era ingerido para el tratamiento interno.
Las conquistas de Roma sirvieron para extender su cultura y sus conocimientos -muchos de ellos adoptados de la antigua civilización griega- por todo el Mediterráneo, y así, mucho después de la caída del imperio, el aloe siguió siendo utilizado popularmente durante la Edad Media, en el Renacimiento y, de hecho, hasta bien avanzado el siglo XVII, cuando empezó a perder parte de su credibilidad en Europa y muy especialmente en el norte, debido sin duda al clima frío que dificultaba su cultivo.