aloe vera, historia y leyenda

Una vez separados el gel y la savia de la corteza, la pulpa resultante se introducía en bolsas de piel de cabra que eran expuestas al sol hasta que el contenido, al secarse, quedaba reducido a polvo. De esta manera podía ser exportada con más facilidad a otras latitudes, y así fue como, hacia el siglo VI antes de Cristo, el aloe ya había llegado a Persia y a la India. Se supone que el uso del aloe en la medicina india se remonta al siglo IV antes de nuestra era y que pronto empezó a utilizarse de manera cotidiana en aplicaciones externas, para tratar las inflamaciones y calmar el dolor, o internas, como purgante. También era común su uso por aquella época en Malasia, el Tíbet, Sumatra y, más tarde, en China, aunque en este país no aparece mencionada en los documentos escritos hasta en año 625, cuando se reconoce su eficacia para tratar diversas afecciones de la piel -por vía tópica-, así como para combatir la sinusitis, las fiebres infantiles provocadas por parásitos y las convulsiones.
Posteriormente, los mercaderes fenicios se encargarían de extender el empleo de la planta (principalmente como depurativo, pero también con otros fines terapéuticos) por todo el imperio grecorromano y algunos países asiáticos.
Hacia el año 500 antes de Cristo, la isla de Socotra era conocida por el abundante cultivo del aloe, lo que hacía de esta isla situada al sur de Arabia y frente a las costas de Somalia, la base del comercio fenicio de esta planta, conocida por muchas tribus de la zona como "Lily del desierto". Entre las numerosas leyendas que envuelven la figura de Alejandro Magno se cuenta que en cierta ocasión, cuando fue herido por una flecha enemiga mientras avanzaba con su ejército por el desierto de Libia, sólo un sacerdote enviado por su maestro Aristóteles pudo salvarle tras limpiarle y tratarle la herida con un aceite de aloe procedente de Socotra. Cuenta la leyenda que éste fue el motivo por el que que Alejandro Magno decidió conquistar la isla, con la única finalidad de asegurar-
se una provisión permanente de la medicina que curaría a sus soldados heridos en campaña.
Otro de los capítulos que recogen la figura del aloe envuelta en cierto de legendario es el de las narraciones del botánico inglés M. Miller a su llegada al cabo de Buena Esperanza, en África, cuando se sorprendió del magnífico aspecto que presentaba la piel de los indígenas, hombres y mujeres, incluidas las personas de más avanzada edad. Finalmente pudo atribuir el origen de esa piel tan sana y reluciente a la costumbre que tenían de lavarse el cuerpo y los cabellos con la sustancia gelatinosa del aloe. Ésta fue la causa por la que aquella variedad de aloe fue denominada como "aloe saponaria" (jabón). Sin embargo, la población indígena de Buena Esperanza no hacía uso del aloe sólo por razones estéticas, sino que la utilizaban también para curar todo tipo de heridas y picaduras de insectos. Y por lo que se sabe, también la empleaban como recurso para la caza, al embadurnarse el cuerpo completamente con el jugo de la planta para eliminar su olor corporal y, así, sorprender mejor a sus víctimas.