Composición química del aloe vera
Una planta aún por descubrir
A pesar de que la planta del aloe es conocida y utilizada para el beneficio del ser humano desde épocas prehistóricas, lo cierto es que aún hoy no se conoce en su totalidad su composición química. A lo largo de los tiempos se le han ido atribuyendo sus propiedades curativas a diferentes principios activos, ocurriendo en ocasiones que nuevos descubrimientos científicos venían a contradecir antiguas creencias.
Éste ha sido el caso de la aloína, el primer elemento identificado en 1851. Por aquella época y también en el siglo que siguió, se consideraba que ésta era la sustancia activa más importante contenida en el aloe, si no la única. Esta creencia se debe a que en occidente la comunidad científica sólo admitía sus
cualidades como laxante, y así era como se utilizaba principalmente. La aloína, contenida cerca de la corteza de la planta, era efectivamente el elemento que provocaba el efecto purgante. Con el tiempo, y debido a la forma extremadamente agresiva en que podía llegar a actuar como laxante, dejó de utilizarse, al menos en cantidades masivas, y hoy día la mayoría de casas comerciales garantizan que en la composición de sus productos no se hace uso de la aloína, o bien ésta aparece en proporciones minúsculas.
Posteriormente, y debido a las investigaciones científicas que supieron ver también en el aloe sus efectos regeneradores de los tejidos en quemaduras, heridas y demás (Filatov en la antigua Unión Soviética, los doctores Collins en Estados Unidos, el doctor Akiro Ishimoto en Japón, etcétera), fueron identificándose en la planta otros elementos activos responsables de esta función. Los doctores Tom D. Rowe y Lloyd M. Parks informaban en un artículo aparecido en 1939 ("Un estudio fitoquímico de la hoja de aloe vera", publicado en la Revista de la Asociación Farmacéutica Americana) de la existencia de unas enzimas, vitaminas y minerales sumamente activos en la corteza de la planta, y también en la pulpa. Se referían a las enzimas oxidasa y catalasa, a las vitaminas caroteno y be-tacaroteno, al azufre, y a los fenoles, en lo que se refiere a la corteza. En cuanto a la pulpa de la planta, hallaron las enzimas amilasa y oxidasa, y el oxalato calcico.
Los estudios sucesivos siguieron centrándose en la corteza, considerada hasta mediados del siglo XX como la parte más beneficiosa de la planta. Así, las investigaciones de Maria Luisa D' Amico y G.A. Bravo hicieron salir a la luz las cualidades antibióticas de las antra-quinonas, identificando, además de la aloína, a la barbaloína, la isobarbaloína y los antranoles, presentes también en la corteza.
Los polisacáridos hacen volver la mirada hacia la pulpa de la hoja
Las investigaciones en busca del principio activo del aloe cambiaron de rumbo en 1951, cuando se descubrió la presencia de polisacáridos, no en la corteza, sino en el interior de la hoja. Ya se conocía por entonces la acción de este tipo de azúcares y su efecto estimulante sobre el crecimiento de los tejidos, así que no parecía desorbitado empezar a pensar que tal vez estos agentes tenían mucho que ver con las virtudes curativas de la planta sobre cualquier tipo de lesiones en la piel, e incluso en el interior de los órganos humanos. Este descubrimiento, realizado por los doctores Ikawa y Niemann, dirigió durante varias décadas el centro de atención hacia el mucílago interior de la hoja, y, muy especialmente, hacia los polisacáridos.